El 23 de septiembre de 1846 se descubrió Neptuno, el octavo planeta de nuestro sistema solar. Curiosamente, este evento está asociado al hallazgo de Urano, el primer planeta descubierto con un telescopio por el astrónomo William Herschel en 1781. El cálculo de su órbita se registró luego con exactitud, pero a comienzos del siglo XIX se detectó algo que inquietó a los astrónomos: Urano estaba cada vez más lejos de la posición pronosticada, como si su movimiento se estuviese desacelerando por la atracción gravitacional de un cuerpo celeste desconocido.

En 1832, el astrónomo inglés George Airy declaró que el misterio de Urano es uno de los más grandes enigmas astronómicos por resolver. Nueve años más tarde, John Adams, un estudiante de matemáticas de apenas 22 años de edad, decidió resolver el misterio. Si existe un planeta más allá de la órbita de Urano responsable de las desviaciones orbitales observadas, debe ser entonces posible calcular la posición del astro desconocido por el análisis detallado de tales desviaciones. Así, Adams calculó en 1845 el lugar exacto en el que debía encontrarse el nuevo planeta, pero no contaba con los instrumentos para comprobarlo.

Urbain Le Verrier, astrónomo y matemático francés, centró su atención en el misterio. En agosto de 1846, conociendo los cálculos de Adams, confirmó con sus propios datos que el planeta desconocido debía estar en la constelación de Acuario en una órbita más lejana que la de Urano. Sin embargo, en el Observatorio de París nadie tomó en serio la predicción de Le Verrier. El 18 de septiembre de 1846, le escribió una carta al astrónomo alemán Johann Galle, quien vivía en Berlín, en la que le solicitó hacer observaciones con el telescopio del observatorio de la ciudad de la sección de firmamento nocturno estipulada. Galle recibió la carta el miércoles 23 de septiembre y esa misma noche, con ayuda de Heinrich d'Arrest, su estudiante asistente, escudriña el firmamento. Tan sólo a unos cuantos grados de la posición predicha, descubrieron el octavo planeta que se llamó Neptuno. 

El descubrimiento de este planeta representó un gran triunfo para la teoría de la gravedad de Newton, pero sobre todo confirmó el poder del cálculo matemático para el avance de la ciencia.