Y entonces, cuando uno ha vuelto a acostumbrarse a la fuerza de gravedad de la Tierra, la ausencia de gravedad del espacio es como un sueño por el que siempre se siente nostalgia. No servimos para el cosmos, y precisamente por eso jamás renunciaremos a él.

‘La fiebre del heno’, Stanisław Lem.

 

Entre el 7 y el 10 de octubre, el Planetario de Bogotá rendirá homenaje al escritor polaco Stanisław Lem con distintas actividades que explorarán la relación entre la ciencia y la literatura. A continuación se contará un poco del autor.

Stanisław Lem era discreto con su historia íntima. La biografía rastreable está llena de agujeros que ante su silencio y luego su muerte en el 2006 ya no podrán llenarse nunca. Se sabe, eso sí, que en su infancia la fortuna de su padre venía con juguetes, institutrices y una sensación de comodidad que creía inmutable. Por esos días tranquilos buscaba la diversión con un juego que inventó él mismo en el cual se transportaba a mundos ficticios que no eran imaginados por él, “Más bien, fabriqué montones de documentos importantes cuando estaba en la escuela secundaria en Lvov: certificados; pasaportes diplomas que me confirieron riquezas, alta posición social y poder secreto, o pleno poder de autoridad, sin límite alguno (...) en un país que no se encontraba en ningún mapa”. Contó en el ensayo ‘Chance and Order’ publicado en The New Yorker el 30 de enero de 1984. Le gustaba el juego, le gustaba mantener la mente en otro lugar que no fuera ese que tenía al frente. Con esa misma mente fantasiosa –muchos años después y mientras atravesaba una guerra– se convirtió en escritor. 

Los primeros libros que pudo ojear Lem fueron los de la biblioteca de su padre, el médico Samuel Lem; un lugar que tenía prohibido pero donde pudo ver la anatomía del cuerpo humano, la forma de una calavera y otras figuras propias de la medicina que no entendía pero que le resultaban atractivas. A pesar de haber escrito que no creía en el destino manifiesto ni en la predeterminación, la primera carrera que persiguió fue la de medicina. Sus estudios, que comenzó en la Universidad de Leópolis y la intentó terminar en Cracovia, fueron interrumpidos por la invasión soviética a Polonia a inicios de la Segunda Guerra Mundial. 

Durante la Guerra, Lem logró falsificar documentos donde se obviaba su origen judío y consiguió trabajo de mecánico al tiempo que intentaba hacerle contrapeso al nacismo. Más tarde, cuando la Guerra terminó, empezó a ayudar con algunas investigaciones científicas en un instituto. En 1946 aparece publicada su primera novela titulada El hombre de marte que cuenta la historia de un visitante extraterrestre; desde el inicio marcó la pauta, de ahí en adelante sus libros oscilaron entre la ciencia ficción que mira el espacio como un lugar para la inventiva y la literatura como un acompañante para la ciencia. La sátira y el humor también hacen parte de lo que compone el estilo de Lem, las usó, como muchos autores de Europa del este, para hacer una crítica al totalitarismo. 

Otros libros que publicó posteriormente como Solaris (1961), Los astronautas (1951) o algunos de los relatos compilados en Máscara (2013), habla de la obsesión humana de buscar o entender la vida en otros lugares del universo, pero parece hacerlo para dejar claro que el ser humano no está en la búsqueda de otros, sino en la búsqueda de expandir lo conocido. “No queremos conquistar el cosmos, simplemente queremos extender los límites de la Tierra hasta las fronteras del cosmos… Somos humanitarios y caballerosos; no queremos esclavizar a otras razas, simplemente queremos legarles nuestros valores y apoderarnos de su herencia a cambio. Pensamos en nosotros mismos como los caballeros del contacto santo. Ésta es otra mentira. Solo buscamos al hombre. No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos”, escribió.

Su concepción de vida fuera de aquí, sin embargo, se alejó de cualquier idea de cuerpo o de variación antropomórfica y creó seres que nos hacen cuestionar la forma, la imaginación y el lenguaje. Intenta alejarse lo más que puede de lo conocido y nos enfrenta a posibilidades que parecen empujar los límites de la ciencia y la tecnología. Además de pensar en lo extraterrestre, también tuvo fijación por los robots y las máquinas, que suelen entrar en sus cuentos y novelas como personajes autónomos y contestatarios. 

Además de la ciencia ficción, la mente “incorregiblemente curiosa de Lem”, como escribió alguna vez el escritor y académico Paul Grimstad, también se acercó a la filosofía en libros como Summa Technologiae (1964), a las reseña de libros que no existen como en Vacío perfecto (1971). Durante su vida adulta hizo crítica y ensayo para medios de comunicación donde habló de ciencia, de filosofía y de los libros de otros. 

Leer a Lem hoy, un centenario después de su nacimiento (1921) y en una época adicta al avance tecnológico y a la visión científica, es una experiencia casi anticipatoria. con ojos de posibilidad o incluso de reconocimiento lo que para él era ficción. Leerlo es también adentrarse en una mente lúcida que, incluso en los libros más narrativos, logra insertar disertaciones que hablan de cómo el ser humano reacciona y piensa ante lo que puede o no puede ver cuando alza la mirada y divisa lo que cree que es el universo.