La abeja es, ante todo, y aún más que la hormiga, un ser de multitud. No puede vivir sino en aglomeración. (...) Aislada, provista de víveres abundantes y en la temperatura más favorable, expira al cabo de algunos días, no de hambre ni de frío, sino de soledad.

Maurice Maeterlinck 

 

Estudiar a las abejas no es una tarea invariable. Quien quiera dedicarse a mirarlas y develar sus comportamientos estará enfrentado a los múltiples oficios, a las diferencias esenciales entre una reina y las obreras y al misterio; cada vistazo arrojará una escena distinta. Verá nodrizas cuidando a las larvas y a las ninfas, verá escultoras que hacen la cadena y construyen los panales, verá a las recolectoras que buscan el polen, a las barrenderas que conservan la limpieza de las calles y las plazas públicas del panal, a las amazonas que velan por la seguridad del umbral y controlan a las que salen y entran. Verá también a la reina ser atendida en la oscuridad de la colmena.

Maurice Maeterlinck, el ensayista y dramaturgo Belga, sentía una fascinación por las abejas y encontró en ellas un lugar plagado de metáforas. Sus observaciones juiciosas están consignadas en el libro La vida de las abejas publicado por primera vez en 1901 y además de narrar los tránsitos indelebles y la ocupación, hace símiles ingeniosos sobre las abejas y el pensamiento humano. Lo que más sorprende es su paciencia y la certeza con la que hizo esta investigación: que no solo debía consignar lo que ocurría con ellas, sino transformar su mirada para entenderlas mejor. “Sucede con ellas lo que con todas las realidades profundas. Hay que aprender a observarlas”, escribió.

El tono de este libro es un entramado entre la poesía, el ensayo y la ciencia. No hay imprecisiones, pero sí libertades: la de contar con las palabras de la cotidianidad y no las de la academia y la de darle la misma importancia a sus observaciones que a las de los entomólogos. 

Quien se quiera dedicar a mirar a las abejas no verá una sola cosa y será quietud, y eso es lo que cuenta este libro. El movimiento de las abejas y su andar poseídas por el deber las convierte en seres dinámicos. Sus movimientos, claro, son precisos y responden siempre a la red que se forma para que sea posible la miel, la reproducción, la creación de la colmena y finalmente, la vida. 

 

La vida de las abejas
Maurice Maeterlinck 
Taller de Edición Rocca 
326 páginas